Cartas desde Gaza

Este relato epistolar es una ficción nacida de lo que late en mí en estos tiempos. Cualquier semejanza con personas o hechos reales es mera coincidencia.

Para mis ancestros, quienes digirieron lodo hediento y, sin embargo,
hicieron nacer gestos hacia la verdad, la belleza y la bondad.

Gaza, 25 de septiembre de 2024

Una casa hundida cerca del mercado. Dentro, una bota militar manchada de sangre guardaba tres cartas con olor a metal. Las envolvía un mapa manchado, quizás de barro y café. Las transcribí como las encontré. La última es mi respuesta. No corregí nada.

Gaza, 17 de noviembre de 2024, 18:20 h

(hora estimada por luz y rutina de patrulla)

A quien pueda interesarle,

Escribo esto desde el infierno. No hay otro nombre para lo que veo a diario.

El polvo sube cuando apoyo la rodilla. El altavoz habla de cautivos, negociaciones, intercambio. La radio suelta un chasquido más y calla. En la esquina, una tetera abollada todavía guarda calor: alguien salió hace minutos. En la mesa hay un mapa doblado; lo extiendo con la palma y se mancha el papel con barro. Las botas me pesan como si fuesen dos cubos de agua. Una ráfaga sacude el cristal que queda; el marco tiembla.

Escribo con el casco puesto porque aprendí a no sentirme seguro.

Solía creer que el infierno era un concepto teológico, algo lejano, una amenaza para los pecadores. Pero no. El infierno es real, y huele a pólvora, a escombros y a esa acidez metálica de la sangre seca. Está aquí, en cada esquina de esta tierra desgarrada.

Soy un soldado en el frente, en Gaza, pero mi corazón y mi mente están a miles de kilómetros, o tal vez a un siglo de distancia, en los recuerdos que me persiguen. Nací muy cerca de esta tierra con la promesa de la seguridad, con el juramento de que lo que mis abuelos sufrieron jamás le ocurriría a nuestro pueblo de nuevo. Crecí con las historias.

Mi abuelo me contaba, con una voz que temblaba incluso muchas décadas después, lo que fue el Shoah, el Holocausto. Él me describía el hedor de la desesperación, la locura organizada, la forma en que los seres humanos eran despojados de su nombre y su alma hasta que solo quedaba un número en un brazo. Él me enseñó a reconocer el rostro del mal absoluto. Y ahora, soy yo quien está en el lado de la fuerza, de las armas, de la destrucción. Y cada vez que el suelo tiembla por el impacto de un proyectil, no oigo la voz de un comandante dando órdenes; oigo los gritos de un niño en Varsovia, en 1943.

Mi otro abuelo, por parte de madre, era de un pequeño pueblo polaco, cerca de la frontera. Él era solo un niño durante la Primera Guerra Mundial. Recuerdo sus relatos, no de grandes batallas, sino de la implacable marea de la invasión. Un año eran los uniformes zaristas marchando sobre el barro. Al siguiente, el acero gris y la disciplina prusiana de los alemanes. Y después, otra vez los rusos, o tal vez la nueva Polonia, solo para ser invadidos de nuevo. Él me legó la comprensión del terror continuo, de ser una simple hoja arrastrada por el viento de ejércitos gigantes. Me enseñó que para el niño que se esconde en lo más oscuro de una pequeña buhardilla el uniforme es solo un color diferente; la amenaza es la misma.

Aquí, ahora, la amenaza para mí es clara y doble. Es la amenaza que viene de los túneles y las trampas, sí. Pero la amenaza más profunda, la que me pudre el alma, es la que viene de mi propio reflejo. He visto miles de formas de sufrimiento. He presenciado la implacable indiferencia de la guerra ante la vida. Hombres que he llamado hermanos, muchachos alegres y llenos de vida, ahora son solo un nombre en una lista de bajas.

Pero también he visto la otra cara. He visto la nube de polvo posterior al bombardeo sobre el rostro de una abuela que sólo era una abuela, de un niño que solo era un niño. Esos rostros me miran ahora, y en ellos veo a mi propio abuelo, al que le robaron su vida. Veo a mi abuela, cuyo recuerdo exigía nunca más.

La consigna de mi pueblo es «Nunca más». Pero, ¿quién decide a quién se aplica esa consigna? ¿Solo a nosotros? ¿O es un juramento universal a la humanidad?

Cuando el rabino nos leía de los Profetas, yo imaginaba un ejército con moral, luchando por la justicia. Lo que estamos haciendo aquí se siente como algo distinto. Se siente como una espiral, como si hubiéramos tomado el trauma de nuestros antepasados y lo hubiéramos convertido en el látigo para golpear a otro pueblo.

Es un ciclo de dolor tan antiguo como la historia. Físicamente, puedo aguantar. El dolor es un compañero con el que se aprende a convivir. Pero mi mente está herida de muerte. Y el dolor de una mente dañada, una que se da cuenta de que está participando en el mismo tipo de tragedia que juró prevenir, esa herida es irreparable. Me aferro a la cordura lo mejor que puedo, pero mi esperanza se desvanece más rápido que la niebla matutina.

La dignidad de mis compañeros se rompe bajo el peso de las órdenes y de la realidad. Muchos están como yo, silenciosamente destrozados, luchando no contra un enemigo externo, sino contra el monstruo que temen llevar dentro. Y es el miedo lo que me impulsa a escribir. No el miedo a morir, aunque eso es real y presente. No temo al dónde, al cómo o al cuándo de mi propia muerte. Temo al por qué. Temo que el por qué de todo esto sea una justificación vacía, un nombre diferente para la misma violencia continuada que mi pueblo sufrió durante siglos.

Escribo para ser un testigo. Un testigo de la tragedia. Un testigo de que no todos los uniformes ocultan el mismo corazón. Un testigo de que la lección del Shoah no fue construir fortalezas, sino construir puentes. No quiero ser parte de un ejército que está reescribiendo la historia de mis abuelos como la de sus victimarios. No puedo. La historia me lo prohibió. La sangre en mis manos no es solo la sangre del enemigo. Es la sangre de mi propia conciencia.

Escribo esto para decir que me rindo a la verdad, si no a mi comandante. Y la verdad es que el miedo es el veneno más poderoso. Y aquí, todos estamos envenenados. Que el mundo no olvide que incluso en los rincones más oscuros del conflicto, algunos de nosotros, los que llevamos el peso de la historia, podemos ver la verdad. La consigna de mi pueblo es “Nunca Más”. ¿Quién decide a quién se aplica?

Mañana seguiré cumpliendo; hoy sólo puedo preguntar.

Gaza, 5 de diciembre de 2024, 02:40 h

(turno de noche)

Esta no es una carta para mi comandante, ni para mi familia, ni siquiera para mi rabino. Esta carta, como el vacío que siento, es sin destinatario.

El bidón gotea a mi izquierda: una, dos, tres… El altavoz del puesto vuelve al silencio como si alguien respirara dentro. Apoyo el papel en una caja de munición; la tinta tiembla al escribir. Hace frío en los nudillos aunque lleve guantes. El olor es a metal mojado y a tela húmeda. La linterna deja un círculo amarillo que no alcanza la pared.

Supongo que, si todavía fuera capaz de creer en la hermandad, podría escribirle esto a mi hermano, el que se quedó en Tel Aviv, el que aún cree en la luz. Pero la verdad se ha hundido tanto en la oscuridad que me doy cuenta de algo terrible: todos los hombres de paz en la Tierra son mis hermanos. La tragedia, el horror indecible, es que aquí, en este infierno, los hermanos se matan mutuamente. Y lo hacemos en nombre de la historia, de la seguridad, de la memoria de un genocidio que se ha convertido en el arma para perpetrar otro. La sangre que derramamos tiene dos colores ahora: la del enemigo que temo y la de mi propia línea de sangre. Estoy atrapado en un mundo donde el Padre, el mismísimo Dios, ha muerto. ¿Cómo puede un Dios que prometió el “Nunca Más” mirar esta tierra sin volverse polvo?

En el umbral hay una jarra de hojalata, abollada. Alguien raspó un nombre: Hanin. La enderezo y la dejo boca arriba. Aquí todo exige nombres para desaparecerlos. Por la escalera baja arena fina, como si la casa sangrara suelo. Un gato me mira desde el hueco y parpadea muy despacio. Trago saliva: sabe a óxido.

Lo que presenciamos no es un castigo divino, sino la ausencia de toda moralidad, la prueba de que estamos solos en esta matanza. Recuerdo la historia de mi abuelo polaco, el niño que vio pasar a los ejércitos rusos y alemanes. Me contó que el miedo era a la amenaza inmediata y, más aún, la sensación de que no había lógica, solo un engranaje frío de violencia que te aplastaba sin motivo personal. Aquí es lo mismo: somos engranajes en una máquina que exige vidas, que consume la inocencia de los nuestros y de ellos sin distinción. Soy parte de un ejército asesino de palestinos y de quien ose ayudarles de alguna forma.

Sigo aquí. Mis botas siguen pisando la arena donde la historia se repite como una pesadilla. Me pongo el uniforme cada mañana y me convierto en lo que mis antepasados me enseñaron a temer. Y la razón por la que sigo aquí es el veneno que describí en mi carta anterior: el miedo. No es solo el miedo a la bala, o a la corte marcial. Es el miedo a la parálisis, a la incapacidad de actuar, a la idea de que salir de esto me convertiría en un traidor para los que se han sacrificado, para la memoria de mi pueblo. Estoy paralizado por el trauma histórico de mis abuelos y el trauma presente. Estoy tan roto que creo que solo puedo existir dentro de esta máquina de destrucción. Fuera, no hay aire.

Por eso, mi única pregunta, la única idea que no me abandona mientras cumplo órdenes y me pongo a cubierto, es esta, que lanzo al vacío sin destinatario: ¿Qué sentido tiene vivir? Cuando has visto la historia de tu pueblo convertirse en la justificación de innumerables crímenes sin sentido, porque ningún crimen tiene sentido alguno. Cuando el sufrimiento extremo de nuestros antepasados ahora exige una nueva barbarie. Cuando tu mente, como un espejo roto, ya no puede distinguir la víctima del verdugo. ¿Qué sentido tiene despertar si el despertar te convierte, una vez más, en parte de la pesadilla? ¿Qué sentido tiene sobrevivir si la supervivencia exige la muerte de tu propia alma?

Estoy cumpliendo mi deber. Soy un soldado. Pero por dentro, la única cosa que me queda es esta pregunta, un eco sordo en el infierno: ¿Qué sentido tiene vivir?

Gaza, 28 de diciembre de 2024, 11:10 h

(antes del traslado)

A la Historia,

Si Dios no ha muerto, entonces nos ha olvidado. Esa es la única conclusión lógica que me queda en este agujero lleno de arena y huesos. En esta tierra, donde el pasado se niega a morir y el futuro es solo otra explosión, la idea de un Padre vigilante se ha disuelto. Él vio los crematorios de Europa, y mira esto ahora, y no interviene. Su silencio es la única respuesta.

Hoy, en el pasillo húmedo de una casa abierta, vi una sombra al final de la escalera. El dedo encontró el arco del gatillo por costumbre. No disparé. Respiré tres veces. La sombra fue un niño con una mochila demasiado grande para su espalda. Me miró como si yo fuese el túnel. Me aparté para que pasara. El eco de sus pasos se queda dando vueltas en el hueco; saco el dedo del gatillo como si me quitara una astilla.

Estoy en un estado de olvido lento, una niebla mental que consume lo poco que me quedaba. Y quizá la verdadera tragedia no es la guerra, sino esta neblina: estoy empezando a olvidar no por qué luchamos, sino por qué morimos. Al principio, la muerte tenía un propósito noble en mi mente: defender a mi pueblo, asegurar el “Nunca Más”. Ahora, la muerte no es más que la consecuencia inevitable de la elección equivocada que tomamos al empuñar el arma de la venganza. La muerte es el único camino que esta espiral nos deja. La causa por la que juré luchar se ha vuelto indistinguible de la causa contra la que mis abuelos me advirtieron. Olvidar por qué morimos es la forma en que mi mente se protege de la verdad insoportable: morimos enfermos de venganza y contradicción.

Envolveré estas palabras en aquel mapa que encontré y las meteré en una bota militar manchada de sangre que quedó como “residuo” de esta locura. Si alguien las encuentra, que las lea en voz alta. Si nadie, que el polvo las cuide.

Con la conciencia vacía, sin propósito ni Dios, sólo me queda el envoltorio de una caducada identidad, mi nombre.

Cabo Elian

Gaza, 25 de septiembre de 2025, 22:15 h

(después del toque de queda)

Escribo en la tienda que de momento me refugia, con las tres cartas delante de mí y la bota vacía por testigo. Respondo al cabo que las firmó.

Para quien vigila al otro lado del cañón:

He leído tus palabras como quien palpa una herida bajo la ropa. Pesa lo que cuentas: la niebla en la cabeza, el filo en la conciencia, esa pregunta que muerde: si Dios se fue, si todavía hay sentido, si recuerdas por qué aprietas el gatillo. La guerra, lo sé, regala un tipo extraño de desesperación: la de quien puede decidir si cortar el hilo o no.

Yo no creo que Dios haya muerto. Lo encuentro ahora en las tiendas que gotean rocío frío, en la mano que parte el último y pequeño trozo de pan sin guardarse nada, en el murmullo de una madre que arrulla cuando el suelo tiembla y el polvo sabe a metal. Está ahí, en la elección diaria de seguir siendo humanos cuando todo empuja a rugir.
Tú miras a la muerte. Yo, sin poder evitarlo, miro a la vida que insiste.

Me arrancaron de casa, vi mi universidad convertirse en polvo, se me torció la vida. Cada mes mi cuerpo reclama dignidad y la ciudad no se la puede dar; la sangre llega igual, y la vergüenza se pega como una fiebre lenta que huele cada vez más. Y, sin embargo, en medio de este ruido que no deja dormir, no quiero olvidar el porqué de estar viva. A veces recuerdo que no pueden confiscar mi fuerza y algo se afloja en el pecho.

Ya no fantaseo con bosques; me inspiro con la terquedad de una hierba que abre un milímetro de asfalto. El sufrimiento no nos vuelve piedra —eso nos lo contaron mal—; nos ahueca, y en ese cauce, a veces, empieza a correr el agua.

“La consigna de mi pueblo es ‘Nunca Más’. ¿Quién decide a quién se aplica?”

Aquí, donde las paredes tienen memoria, el “Nunca Más” sólo puede ser de todas. Si es de unos contra otros, vuelve a ser “Otra Vez”. He puesto tus cartas sobre una caja de galletas vacía; caen gotas por la lona y dejan círculos en el papel.

Tú temes no recordar por qué mueres. Yo me repito por qué vivimos. Vivimos porque los mayores nos dijeron que ningún trauma es licencia para herir, sino una campana que advierte. Vivimos porque mi pueblo —y todos los pueblos donde al menos una persona aún late al compás del amor que somos— merecen que se les recuerde que la violencia siempre aprende a disfrazarse, pero el gesto opaco de los ojos la delata.

“¿Qué sentido tiene vivir?”

Ahora mismo, mientras escribo, compartimos el agua con una jarra abollada; aguanta porque la hemos ido remendando entre todas. El agua responde por mí. Mi madre decía: no rompas la jarra. Cada nombre es una jarra; si la rompemos, nadie bebe.

Por eso escribo, a ti, a esas personas de las flotillas que surcan el mar para compartir lo que tu ejército nos niega, a quienes nos nombran en lenguas que se entienden por el corazón, en plazas y en sus casas. Sólo cuando dos pechos deciden escucharse, la puerta del infierno se abre por dentro.

El muro que nos separa no es de hormigón; es de miedo. Tú te has sentado con la historia de tus abuelos en la espalda y has creído que la seguridad se construye derribando casas. Yo, con la misma historia clavada, aprendí que la única seguridad nace de la compasión.

“sólo me queda el envoltorio de una caducada identidad, mi nombre.”

Lo leí en voz alta. Dices “Elian”. No repetiré tu rango; te nombro como se nombra a los vivos en tiempos de paz o a los vivos que no aterrorizan para alimentar su miedo.

Tus cartas estaban en una bota militar manchada de sangre. Las envolviste en un mapa sucio. Aquí los mapas sirven para otra cosa: marcar puntos de agua y escribir nombres. Hoy he añadido cinco en el reverso de tu tercera carta: Rania, Samer, Lina, Abu Khaled y Salma. Si alguna vez preguntas por ellos, habrá alguien que responda.

No te pido que no te rindas. Te suplico otra rendición que es la única que es más fuerte que cualquier guerra, invasión, ocupación o forma de violencia: la de salvar tu humanidad. Usa esa lucidez que aún te queda para negarte a ser el último eslabón de la cruel máquina del dolor.

Mira, por encima de mi lona, a tu propia abuela. Entenderás entonces que honrar el “Nunca Más” es exigir la paz y empezar a construirla aquí, justo donde la guerra no entra: en el corazón que se abre.

Mañana leeré tu nombre en la tienda de mujeres. Luego las guardaré junto a una cinta descolorida con dos nombres en hebreo que recogí en la calle. Intuyo que ellos también son bocas que esperan agua. Y envolveré todo con el mismo mapa, dentro de la bota, y en la ruina donde las encontré. Tú, lector o lectora que ahora mismo nos lees, contesta también.

Con la impaciencia de quien sabe que la vida espera fuera del metal,

Noor, desde Gaza.

PD: Si sigues vivo, aprende mi nombre y el tuyo volverá a tener agua. No rompamos más jarras.

Escribe tu carta

De ja tu respuesta, breve o extensa,
siempre libre de insultos y de cualquier incitación al odio.

No rompamos más jarras.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *